Como informamos, el derrumbe de un terraplén del puente sobre el río Las Cañas, unos diez kilómetros al norte de Rosario de la Frontera, determinó más de tres horas de corte de la ruta 9. La Dirección de Vialidad de Salta, con tres máquinas y una decena de camiones, se movilizó para rearmar el terraplén, con la colaboración de un grupo de bomberos voluntarios.

Así, se pudo habilitar un paso precario, para que -de uno a uno y con intervalos de 10 minutos por mano- los automotores pudieran cruzar el tramo. Horas más tarde, hasta ese tránsito debió interrumpirse otra vez, por una nueva creciente. Hasta anoche, la situación seguía siendo muy precaria y se espera para hoy un tránsito intenso en ese sector, debido al regreso de los viajeros que fueron al norte a pasar el fin de semana largo y las fiestas de carnaval.

El percance determinó que, durante tan dilatado lapso, se hiciera imposible la comunicación con Salta. Como es imaginable, el inconveniente causaba -además de las mil complicaciones imaginables que genera todo corte de ruta- una justificada incertidumbre para la gran cantidad de personas que, en ómnibus, autos y otros vehículos, de esta y de otras partes del país, se dirigían al norte para disfrutar del fin de semana largo.

Nuestra crónica da cuenta de las derivaciones: un kilómetro de vehículos detenidos bajo el fuerte sol, el colapso de las provisiones en las estaciones de servicio de Rosario de la Frontera, el general malhumor de la multitud de gente de toda edad, forzada a afrontar una demora tan prolongada.

Sin duda, nadie puede ser tachado de responsable de los fenómenos de la naturaleza, como es el caso de la creciente que demolió el terraplén norte del puente sobre el río Las Cañas.

Pero puede extraerse alguna lección del perjudicial suceso. Esta es que los puentes deben ser periódicamente inspeccionados -por el Estado o por las concesionarias-, para establecer si están en condiciones de resistir las correntadas de gran envergadura.

No conocemos la época en que se construyó el paso que nos ocupa. Pero es más que probable que no se haya realizado, desde hace muchos años, esa verificación que debiera enfocarlos especialmente cuando se acerca la época de lluvias. Esto además de que una adecuada política de previsión aconseja, en los cursos de agua expuestos a crecientes, que se implementen, río arriba, algún tipo de defensas previas destinadas a aminorar el impacto de la correntada, que de ese modo llega con menos fuerza al puente.

Por otro lado, y en un enfoque más general, parecería necesario irse planteando, por sectores, una renovación integral de muchos de los puentes existentes en las rutas. En su inmensa mayoría, fueron erigidos hace ya muchas décadas: no son todo lo amplios que debieran, y muy probable es que su estructura haya sido afectada por tantos años de intenso tránsito pesado y de tantos embates de ríos crecidos. Los que parecen más sólidos, un día pueden colapsar: tenemos entre nosotros la experiencia del puente Lucas Córdoba. Si esto corresponde en cualquier lugar, se hace mucho más necesario en las áreas del noroeste, que con mucha asiduidad asisten a la crecida de sus ríos.

Como lo dijimos a propósito de los edificios oficiales, los trabajos de contralor y de mantenimiento tienen que ser constantes en las obras públicas, a fin de que no se modifiquen las condiciones que rodearon su construcción. De ese modo, no solamente se cuida el buen destino de las inversiones del Estado, sino que también se previenen eventualidades de perjuicio considerable.

Mantenimiento y verificación de la seguridad merecerían constituir, así, trabajos prioritarios en los puentes que cruzan nuestras vías de comunicación.